Conciencia de vasco

La desaparición de los rasgos identitarios de un pueblo supone una pérdida irreparable para el patrimonio cultural de toda la humanidad.

La progresiva disolución de esos rasgos definitorios, que cohesionan al grupo social que conforma ese pueblo, supone una lenta agonía moral para sus hombres y mujeres, tanto en lo personal como en lo colectivo.

La humanidad lleva miles de años sumida en una constante evolución y en un progresivo desarrollo cultural gracias, fundamentalmente, a nuestra capacidad para organizarnos en sociedades, y dotarlas de rasgos identitarios propios, que definen la personalidad de cada uno de esos pueblos.

El vínculo que cada individuo de esa sociedad establece con los rasgos identitarios de su pueblo le permiten desarrollar una verdadera conciencia de identificación personal con el grupo.

Al igual que los océanos están formados por gotas de agua, los pueblos existen porque un grupo de hombres y mujeres comparten un alto grado de compatibilidad en sus identidades individuales, creando así una conciencia colectiva capaz de desarrollar los rasgos identitarios y culturales que convertirán a esas personas en un pueblo.

Hace miles de años, uno de esos grupos de hombres y mujeres comenzaron a moldear una conciencia colectiva, asentando los cimientos identitarios y culturales del pueblo vasco.

Hoy, en pleno siglo XXI, esa conciencia de vasco supone nuestro mayor patrimonio identitario y nuestro más preciado tesoro cultural.

La conciencia de vasco nos une entre sí y, a la vez, nos hace únicos, distinguiéndonos del resto de los pueblos y sociedades del mundo. Nos hace conscientes de nuestra existencia individual dentro de un colectivo que comparte nuestros sentimientos y nuestra forma de vida.

Si la conciencia de vasco ha logrado subsistir durante miles de años, ha sido gracias a su capacidad de evolución, regeneración, y adaptación a las nuevas épocas, eras, costumbres, avances o ideologías con las que ha compartido su milenaria existencia.

Y a nosotros, como parte de esa conciencia vasca en este siglo, nos corresponde la responsabilidad de hacerla seguir su evolución y adaptación a este tiempo que nos ha tocado vivir.

Debemos aprender de las experiencias del pasado, pero sin aferrarnos a él. Hemos de mirar al futuro sin miedo y con abierta capacidad para amoldarnos a los cambios que transforman de forma global a todos los pueblos de la humanidad.

Los marcos sociales, tecnológicos, económicos y culturales a nivel mundial están cambiando, y todo pueblo que cometa el error de encerrarse en sí mismo para evitar esos cambios está condenado al fracaso.

No debemos temer a la evolución de nuestra conciencia de vascos y a las transformaciones que ello conlleve, del mismo modo que no lo temieron nuestros antepasados. Evolucionar una conciencia colectiva de pueblo hace a ese pueblo perdurar y fortalecerse.

Hasta bien entrado el siglo XX, el escaso desarrollo en materia de trasportes y comunicaciones dividía a la humanidad en pueblos endogámicos y con escasa interrelación cultural. En nuestro siglo XXI, un ser humano puede viajar al otro extremo del mundo en cuestión de horas. Es por tanto lógico pensar que cada vez será mayor el porcentaje de ciudadanos no nacidos en el lugar en el que residen. Y ahí radica nuestro gran reto para este siglo. Debemos ayudar a esos nuevos miembros de nuestra sociedad a integrarse, y a desarrollar una auténtica conciencia de vasco con la que establecer un vínculo sentimental y cultural con la nación vasca, similar al que poseemos nosotros.

Estoy plenamente convencido de que ese reto no es inasumible porque, al contrario que otros nacionalismos, el nacionalismo vasco jamás ha sido excluyente. Se podría decir que la conciencia vasca defendida por nuestro nacionalismo es un barco al que todos pueden subir, siempre y cuando entiendan que el derecho a decidir de nuestro pueblo es nuestra línea de flotación. La voluntad mayoritaria de este pueblo y sus decisiones deben respetarse.

El deseo de nuestra conciencia colectiva vasca es integrarnos en Europa, en igualdad de condiciones al resto de los pueblos que la forman. Sin estados que impongan leyes sobre la voluntad soberana de nuestra ciudadanía. Y ese es un largo camino que tenemos que recorrer juntos todos los ciudadanos que habitamos en la nación vasca. Un camino a recorrer de forma pacífica, sin prisas, sin imposiciones, sin exclusiones, y con el diálogo multilateral como abanderado.

En cualquier caso, por muy largo, dificultoso y escarpado que resulte el sendero, en nuestro caminar siempre iremos guiados por la mejor brújula, nuestra conciencia vasca.

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