Cuando Euskadi decidió decidir (Autor: Josu Erkoreka)

Parlamentarios del PNV, desde Juan José Ibarretxe (última fila, de pie), hasta Joseba Arregi (en el centro, junto a Idoia Zenarruzabeitia), aplauden la aprobación por el Parlamento vasco del derecho a la autodeterminación. Abajo, junto a un satisfecho José Antonio Ardanza, aparece un circunspecto Ramón Jáuregui, vicepresidente del Gobierno vasco. FOTO: DEIA

◗La resolución del Parlamento que proclamaba el derecho del Pueblo Vasco a la autodeterminación cumple 20 años ◗ Los socialistas, que en los 70 respaldaban el derecho a decidir, votaron en contra.

En febrero de 1990, hace ahora veinte años, el Pleno del Parlamento Vasco aprobó una resolución en la que proclamaba el derecho del Pueblo Vascoa la autodeterminación y se precisaba que ese derecho consiste en la “potestad de sus ciudadanos para decidir libre y democráticamente su estatus político, económico, social y cultural, bien dotándose de un marco político propio o compartiendo, en todo o en parte, su soberanía con otros pueblos”.

Desde entonces han transcurrido dos largas décadas, a lo largo de las cuales, el ejercicio del derecho de autodeterminación ha transformado radicalmente la geografía política europea. Estados aparentemente consolidados e inmutables, se han visto amputados o desmembrados y fronteras tenidas por inamovibles han desaparecido o cambiado de trazado, en una eclosión de expresiones de autodeterminación que han dado voz, por primera vez en muchos años, a pueblos secularmente condenados a mantener en silencio su voluntad colectiva.

 

La autodeterminación en el nacionalismo vasco histórico

El derecho de autodeterminación de los pueblos es una construcción conceptual que surge del entorno teórico marxista, aunque converge, en gran medida, con el principio político de las nacionalidades que tomó cuerpo en Europa en los albores del siglo XIX. Su incorporación al acervo conceptual del nacionalismo vasco no se produce hasta el siglo XX, donde lo haría de forma paulatina, pero no por ello menos efectiva. Cuando el presidente americano Woodrow Wilson afirmó, en 1916, el derecho de todo pueblo a “elegir la soberanía bajo la cual desea vivir”, los nacionalistas vascos se sumaron entusiasmados a este principio general, convencidos de que les permitía situar su reivindicación política en un marco universal, trascendiendo los concretos parámetros territoriales e institucionales en los que se había desarrollado hasta entonces. Ese mismo año una delegación integrada por Luis Eleizalde, Isaac López Mendizabal y José Eizaguirre participó en la tercera edición de la Conferencia de nacionalidades que tuvo lugar en el municipio suizo de Lausanne, a la que asistieron para demostrar que el País Vasco “existe” y “tiene necesidad de ponerse en contacto con las Nacionalidades que se encuentran en parecidas circunstancias, de conocer sus movimientos de renacimiento [y] de aprender de ellas las grandes lecciones en la lucha práctica”.

Al término de la I Guerra Mundial, los mismos diputados y senadores jeltzales que cifraban sus objetivos políticos en la derogación de la Ley de 25 de octubre de 1839 y el reestablecimiento de la situación política anterior, escribieron un telegrama a Wilson, felicitándole por las victorias aliadas y aplaudiendo el hecho de que “al establecerse las bases de la futura paz mundial, las ha[ya] fundamentado en el derecho de toda nacionalidad, grande o pequeña, a vivir como ella misma disponga”.

Su acción política posterior no descansaría, ni exclusiva, ni principalmente en la invocación de este derecho, pero la reivindicación estatutaria y la más ambiciosa e imprecisa de la restauración foral, que constituyeron, durante largos lustros, la columna vertebral del discurso nacionalista vasco, no fueron obstáculo para que, cuando lo veían oportuno, los dirigentes jeltzales alternasen su invocación con la reclamación del derecho de autodeterminación de los pueblos que, con ese u otro nombre, nunca fue definitivamente desterrado de su discurso político. El propio José Antonio Aguirre, que durante la II República se mantuvo en la vanguardia de la reclamación estatutaria y de la reivindicación foral, se acogió en más de una ocasión al derecho de autodeterminación, a la hora de identificar el fundamento último de la aspiración del pueblo vasco a gobernarse por sí mismo. Su diario de la guerra es un claro ejemplo.

Esta dualidad argumental no cesó durante el exilio. Antes al contrario, incluso fue asumida por sectores ajenos al nacionalismo vasco. En el I Congreso Mundial Vasco, celebrado en París, en 1956, se recordó que el régimen autonómico no hacía prescribir “los derechos históricos del País, cuya plena realización, cuando las circunstancias lo deparen, estriba en la restauración íntegra de su Régimen Foral”, pero se daba inicio a la declaración política afirmando “el reconocimiento efectivo del derecho de todos los pueblos a gobernarse por sí mismos”.

En los años siguientes, el derecho de autodeterminación, expresamente incorporado por la ONU a sus grandes declaraciones de derechos, sirvió como pauta y guía del proceso de descolonización. Y su constante invocación en las luchas revolucionarias de liberación nacional hizo que las formaciones políticas de izquierdas fueran integrándolo en su ideario, hasta el extremo de que, a mediados de los años setenta, todas ellas, incluido el PSOE, daban por supuesto que la solución política del problema vasco sólo era posible a través de la autodeterminación. Por aquel entonces, los socialistas vascos reclamaban desde la primera fila el derecho de autodeterminación de Euskadi e intelectuales progresistas como José Ramón Recalde, publicaban artículos defendiendo su aplicación como una fórmula idónea para encauzar el conflicto nacional vasco.

 

El contexto internacional: el muro de Berlín

La declaración del Parlamento Vasco a favor de la autodeterminación, tienen lugar en los albores de la caída del gigante soviético. Tras largos y penosos años de implacable práctica imperialista, la impenetrable URSS comenzaba a dar síntomas de agotamiento. Desde la cúpula de su estructura de poder, Mijail Gorvachov impulsaba un proceso de apertura y reformas que alentaba el espíritu nacionalista de las repúblicas menos identificadas con el aparato soviético. Los territorios bálticos, Armenia, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania, entre otros, promovían tímidas iniciativas tendentes a afirmar su propia personalidad colectiva y servir de cauce a las aspiraciones de libertad de sus ciudadanos. Con tiento, pero con firmeza. El muro de Berlín empezaba a resquebrajarse y por sus grietas se abrían camino los primeros soplos de aire fresco. Se intuían grandes cambios en el panorama geopolítico. La bota de Moscú ya no parecía provocar en sus vastos dominios los resabios de miedo que habían dejado en la población las experiencias de Budapest y de Praga. El derecho de autodeterminación, que el artículo 72 de la Constitución de la URSS reconocía cínicamente a las repúblicas federadas mientras impedía su ejercicio efectivo sirviéndose de los métodos más expeditivos, empieza a erigirse en la vía de solución de los múltiples conflictos nacionales que emergen a lo largo y ancho del imperio soviético.

En este contexto internacional, de eclosión de las reivindicaciones nacionales, el País Vasco conoce un intenso rebrote del nunca desaparecido debate sobre la autodeterminación. En el Aberri Eguna de 1989, EAJ-PNV hace público un manifiesto en el que declara que “no cree llegado el momento de que Euzkadi ejerza el Derecho de Autodeterminación en un acto único de pública decisión, ya que la conciencia nacionalista no es aún claramente mayoritaria en todos los territorios vascos”. Pero a renglón seguido afirma que, “sin renuncia alguna a la plena soberanía del Pueblo Vasco, [propugna] el ejercicio paulatino de su autodeterminación en orden al logro gradual y democrático de su unidad territorial y al fortalecimiento político, económico y cultural de nuestro pueblo, considerando que es ésta la tarea a realizar por el nacionalismo vasco en los próximos años”. Se hacen votos, como se ve, en favor de una concepción gradual de este derecho. A finales de ese mismo año, el Parlament de Catalunya aprueba una declaración a favor de la autodeterminación del pueblo catalán. Aunque no se le da excesiva difusión, la iniciativa tiene un eco inmediato en Euskadi. Y a principios de 1990, varios grupos parlamentarios de la cámara vasca siguen su estela, registrando iniciativas encaminadas a proclamar este derecho en relación con el pueblo vasco. La máquina se pone en marcha.

Aquel día en DEIA… Aquel jueves 15 de febrero de 1990, se aprobaba el convenio de la construcción con un incremento salarial del 8,5%. Un ejemplar de DEIA costaba entonces 70 pesetas (unos 40 céntimos de euro). En su anuncio de portada, el banco francés BNP anunciaba un interés de hasta el 12% a partir de los 25 millones de pesetas (unos 150.000 euros).

La declaración del Parlamento: antecedentes, debate y votación

Los prolegómenos del debate vienen marcados por una intensa campaña en contra. Los columnistas habituales se sirven de los medios de costumbre para denostar la iniciativa con un argumentario que, en los lustros siguientes, sería explotado intensivamente contra las iniciativas emanadas del Gobierno vasco que se proponen otorgar la voz al pueblo. Los partidos políticos ajenos al ideario nacionalista vasco –señaladamente el PSOE, que por aquel entonces se ocupaba al frente de las instituciones centrales del Estado, y el PP– se suman a la campaña, volcando en ella su inmenso potencial comunicativo. Durante semanas, las terminales mediáticas del centralismo atruenan ruidosamente, negando al pueblo vasco el derecho de autodeterminación, acusando a los promotores de las iniciativas de convivencia con ETA y esbozando los más negros augurios sobre el triste futuro de marginación geopolítica y desertización económica que espera al País Vasco si orienta sus pasos por la senda de la autodeterminación.

Las proposiciones se debaten en el pleno del 15 de febrero de 1990. “Tras un notable esfuerzo de transacción, los grupos proponentes –PNV, EA y la extinta Euskadiko Ezkerra– someten a la cámara un texto consensuado. Iniciada la sesión, se tramitan, en primer término, las dos enmiendas a la totalidad que han sido registradas por los grupos. La primera es defendida por Iñigo Iruin en nombre de Herri Batasuna. La segunda, que lleva el sello del PP, es argumentada desde la tribuna por Julen Guimón. Sus razonamientos son antagónicos. Mientras el primero acusa a los promotores de banalizar el derecho de autodeterminación, falseando su formulación, el segundo arremete duramente contra las iniciativas, arguyendo que la autodeterminación que pretenden “no tiene amparo en el Derecho Internacional, que lo refiere casi exclusivamente al ámbito colonial”. Los grupos favorables a la proclama, enfatizan el profundo entronque de la autodeterminación con la libertad y la democracia y destacan el carácter dinámico, gradual y progresivo de la autodeterminación que reivindican para el pueblo vasco, entendiéndola como “el conjunto de decisiones, incluidas, en su caso, las de carácter plebiscitario, que el pueblo vasco vaya adoptando a lo largo de su historia, atendiendo a los condicionamientos internos o externos de la coyuntura histórica, sus posibilidades reales y el interés de los vascos”. En fin, Marco Tabar –en representación del CDS– y Fernando Buesa –poniendo voz a los socialistas vascos– completan el ciclo de intervenciones, abundando en los argumentos utilizados por el PP: el pueblo vasco, a su juicio, ni es titular del derecho de autodeterminación, ni puede sacar beneficio alguno de su reivindicación y sí, por el contrario, enormes perjuicios en su cohesión interna, y en sus posibilidades de promoción y desarrollo. Sometido a votación, el texto acordado entre los grupos proponentes es aprobado con 38 votos a favor, 23 en contra y un voto nulo. En los momentos previos al inicio de la votación, los 13 parlamentarios de Herri Batasuna retiraron su enmienda a la totalidad y se ausentaron de la sala. Su gesto no sorprendió a nadie. Hicieron su discurso y se fueron.

 

Epílogo: el ejemplo de la reunificación alemana

La declaración constituyó todo un hito en la historia del Parlamento Vasco. Por primera vez en la historia, una cámara en la que se veían representados más de dos de cada tres vascos, reivindicaba formalmente el derecho de autodeterminación del pueblo vasco y expresaba su voluntad de seguir ejerciéndolo con arreglo a fórmulas de progresividad.

En los años siguientes, la realidad desmintió a los grupos que votaron en contra de la declaración. El derecho de autodeterminación, que se decía exclusivo de los países colo- niales, transformó radicalmente el mapa del antiguo bloque soviético, siendo ejercido por países que jamás habían conocido un régimen de carácter colonial. Baste anotar que la reunificación alemana se produjo en ejercicio de la “libre autodeterminación”. Creo que esto lo dice todo. Y ocurrió, también, que algunos de los Estados miembros de las Naciones Unidas a los que la comunidad internacional amparaba en la defensa de su integridad territorial, vieron que su represen- tación ante la ONU se desmembraba, sin que nadie invocase el principio de inviolabilidad de las fronteras que, al parecer, hacía inviable la reclamación de la autodetermi- nación por parte del pueblo vasco. En algunos casos, el ejercicio del derecho de autodeterminación por parte de los pueblos de Europa, se produjo en condiciones de lamentable violencia. Pero en ocasiones, tuvo lugar en plausibles circunstancias de amistad y buen entendimiento. En cualquier caso, el devenir de los acontecimientos puso de manifiesto que la proclamación del Parlamento Vasco no era una simple ensoñación. En Europa era posible un ejercicio pacífico y civilizado del derecho de autodeterminación, como expresión democrática de la voluntad mayoritaria de un pueblo que desea encontrar su propio lugar en el mapa geopolítico.

 

Publicado por primera vez en el DEIA el Sábado 27 de febrero de 2010.

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