El fútbol político

En Nafarroa hay navarros que se sienten españoles, que se quejan de que la selección española de fútbol nunca ha disputado un partido en tierras navarras. Del mismo modo, hay navarros, que se sienten vascos, que se quejan de que nunca se ha permitido que la selección vasca de fútbol juegue un encuentro en Nafarroa.

Los españoles quieren ver a su selección jugando en Navarra, y a los vascos nos gustaría ver jugar a la nuestra en Nafarroa. Pues, si esto solo fuese fútbol, la solución sería bien sencilla. Un Euskadi contra España en Iruña, disputado en el campo del Osasuna.

Y ahora que suene el despertador para volver a la realidad. Los gobernantes españoles jamás aceptarían que se celebrase ese partido de fútbol entre Euskadi y España porque avivaría sus inseguridades políticas.

Cuando escucho a alguien tirar del tópico de que no se puede mezclar política y fútbol, siempre me pregunto en qué mundo de fantasía vivirá esa persona. La política y el fútbol de selecciones nacionales han estado siempre mezclados, aquí y en todas partes del mundo.

A principios de la década de los años treinta del siglo XX, la selección de fútbol de Austria era considerada una de las tres más potentes de Europa, junto a la de Italia y la de Alemania. Los austriacos contaban entre sus filas con Mathias Sindelar, a quien muchos consideraban el mejor futbolista del mundo de aquella época. Cuando la Alemania nazi de Adolf Hitler anexionó Austria, los futbolistas austriacos fueron obligados a jugar con la selección alemana. Pero antes de ello, el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, organizó un partido de despedida de la selección austriaca. En ese encuentro Alemania debía enfrentarse a Austria, y los austriacos estaban obligados por los nazis a dejarse ganar, para que quedase patente la superioridad física de los alemanes. Además, instantes antes del inicio del partido, los jugadores austriacos estaban forzados a efectuar el saludo nazi. Desde el palco de autoridades, Adolf Hitler y el resto de jerarcas del Tercer Reich fueron testigos de cómo todos los futbolistas austriacos hacían el saludo nazi, menos el judío Mathias Sindelar. El partido dio comienzo y, mediada la segunda parte, el mejor futbolista del mundo se cansó de aquella farsa. Mathias Sindelar decidió marcar un gol y, tras lograrlo, se situó debajo del palco para festejar su gol con un baile burlón ante las narices de Hitler. El judío Sindelar logró transformar un espectáculo de propaganda nazi en una burla pública hacia la persona de Hitler y su banda de asesinos del Tercer Reich. Por desgracia, este gesto de heroicismo le costó la vida a Mathias Sindelar, que tan solo diez meses después de aquel partido fue ejecutado por los nazis.

Cuando la España de Franco organizó la Eurocopa de 1964, disputó y ganó la final en Madrid, derrotando a la Unión Soviética. Los representantes futbolísticos de un estado fascista frente a los representantes futbolísticos del más poderoso estado comunista. La dictadura franquista necesitaba, fuese como fuese, la victoria en aquella final, y la obtuvo. Con ello, la propaganda franquista vendió aquel presunto evento deportivo como un triunfo político de la España de Franco sobre el comunismo y los soviéticos.

Cuatro años después de la guerra de las Islas Malvinas, las selecciones de fútbol de Argentina e Inglaterra se enfrentaron en un partido correspondiente a la fase final del Mundial 86, celebrado en México. Ese partido de fútbol fue mucho más que una mera confrontación deportiva. Incluso el árbitro de aquel encuentro quiso posicionarse, permitiendo a los argentinos que ganasen con un gol de Diego Armando Maradona marcado con la mano. Aquella victoria deportiva se celebró en Argentina como un triunfo político y social sobre los ingleses.

Estos tres casos a los que he hecho alusión aquí no son más que tres ejemplos extraídos entre varios cientos. Podría también hacer mención de todos los partidos que han enfrentado entre sí durante los últimos veinte años a las selecciones de la antigua Yugoslavia o a las selecciones de la antigua Unión Soviética. Sin olvidar tampoco los partidos entre las dos Coreas, los encuentros entre determinadas selecciones de naciones africanas, los partidos entre ciertos países de América Latina etc.

El fútbol de selecciones nacionales es casi más un evento político que un evento deportivo. Lo ha sido siempre, y lo sigue siendo, en todos los continentes del mundo.

Solicitar que la selección española de fútbol juegue en Nafarroa generaría problemas políticos y malestar social entre los navarros que se sienten vascos. Solicitar que la selección vasca de fútbol juegue en Nafarroa generaría problemas políticos y malestar social entre los navarros que se sienten españoles. Y solicitar que las selecciones de fútbol de Euskadi y España se enfrenten entre sí en el campo del Osasuna generaría un auténtico terremoto de problemas políticos y crispación social. Además se dispararía el morbo y la polémica por saber con cuál de las dos selecciones jugarían determinados futbolistas.

Si tras reflexionar sobre todo esto todavía queda algún alma cándida que cree que el fútbol de selecciones nacionales no está mezclado desde siempre con la política, entonces que salude de mi parte a Peter Pan y a Campanilla.

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