Jesús Galindez, la vida como sacrificio por euskadi (Autor Iñaki Goiogana)

Jesús Galindez, la vida como sacrificio por euskadi (Autor Iñaki Goiogana)

 

De Jesús Galíndez Suárez, de quien el próximo día 12 se cumplirán 100 años de su nacimiento, puede decirse que son más conocidos los aspectos ligados a su desaparición, ocurrida en 1956 en pleno centro de Nueva York, que los numerosos e intensos capítulos de sus apenas 40 años de vida. Sin embargo, con ser importantes las circunstancias de su desaparición, Galíndez en su entregada y activa vida dejó una importante huella en la historia vasca de la guerra civil y del exilio.

Nació y creció en Madrid, pero eso no fue óbice para que se proclamara y militara en el nacionalismo vasco desde su más temprana juventud. Su familia procedía de Amurrio y no era de inclinaciones abertzales. Sin embargo, los veranos en la localidad alavesa y sus aficiones lectoras llevaron a Galíndez al vasquismo cultural y político. Salvando su nacimiento y crianza madrileños, en todo lo demás fue un exponente de la nueva generación que saltó a la palestra pública de Euskadi con el advenimiento de la II República; una generación que planeó llevar adelante una revolución tranquila, sin luchas sociales, que transformara radicalmente Euskadi, poniendo a su patria en la primera línea mundial tanto en el orden cultural, como económico y político. Si Galíndez no se dio a conocer en los años republicanos de paz fue solamente porque no le alcanzaba la edad. Pero en cuanto alcanzó la mayoría y una mínima oportunidad el amurriotarra destacó.

Brillante estudiante de Derecho, una vez licenciado tenía pensado dedicarse a la Notaría, no solo porque le atrajera el Derecho Civil, sino porque entendía que la dedicación al Notariado le garantizaría una estabilidad profesional y económica que le permitiría tener tiempo para sus aficiones literarias, históricas y políticas. Así, cuando al acabar el curso académico 1935-36 finalizó su carrera en la Universidad Central no marchó a Amurrio para disfrutar del verano y resolvió quedarse en Madrid con el fin de preparar oposiciones al Notariado.

Eran pocos los estudiantes vascos afiliados a Euzko Ikasle Batza que el verano de 1936 quedaban en Madrid; aquellos que tenían alguna materia pendiente y algún que otro opositor como Galíndez. Todos ellos, cuando entre el 17 y 18 de julio se produjo la insurrección de una parte del ejército, se sintieron en una especie de tierra de nadie, entre los sublevados y la reacción popular de izquierda. El corazón y la razón de Galíndez y sus compañeros se inclinaban por la República, pero su concepto de República no era el que veían desfilar por las calles. En todo caso, entre los sublevados y el pueblo en armas no cabía duda. Las dudas se despejaron cuando de Bilbao llegaron noticias que aseguraban que el PNV se posicionaba en favor de la República. Inmediatamente, Galíndez y sus amigos se constituyeron en Delegación del partido jeltzale en Madrid y ocuparon la sede de las diputaciones vascas en la capital del Estado. Pronto les tocó especializarse en garantizar la vida a los vascos (y numerosos no vascos) residentes en Madrid perseguidos por derechistas o, simplemente, sospechosos de serlo, en especial clérigos y monjas, pero no solamente religiosos.

Esta labor de protección no se limitó a extender certificados de adhesión o buena conducta. En numerosos casos, consistió en recorrer cárceles o checas y no en pocas ocasiones salvar a los perseguidos de muerte segura. Galíndez fue uno de los principales agentes en esta labor salvadora.

La delegación nacionalista se convirtió en representación del Gobierno de Euzkadi ante el de la República a partir de octubre de 1936, pero normalizada la vida en Madrid tras el fracaso franquista de conquistar la capital y una vez que el Gobierno republicano se estableciera en Valencia huyendo de la proximidad del frente, la actividad de la delegación disminuyó.

Galíndez no era hombre para estar quieto y fue reclamado por Manuel Irujo, ministro de la República, como colaborador suyo. Es por ello que se trasladó a Valencia y a Barcelona, ciudades en las que Irujo actuaba. Una vez acabada la colaboración con el ministro navarro, pasó a formar parte de la 142 Brigada Mixta Vasco-Pirenaica. Esta unidad militar ideada por Irujo debía concentrar a los vascos que luchaban por la República y ser la unidad que entrara en Euskadi en caso de que se produjera la liberación del país. En realidad nunca tuvo suficientes efectivos y para su operatividad debieron agregarse a ella algunos catalanes (a ello se debe lo de Pirenaica). Tampoco tuvo el favor de las autoridades republicanas y vegetó, como relató el mismo Galíndez en su libro Estampas de la guerra, en tierras aragonesas y catalanas hasta el final de la guerra.

Salida al exilio

Al finalizar la contienda, Galíndez podría haber optado por permanecer en el Estado. Todavía no era una personalidad conocida y podría haber utilizado los contactos hechos cuando desarrolló las labores humanitarias en Madrid. Con seguridad, su padre le hubiera podido ayudar en esto, pero Galíndez optó por salir al exilio. Era consciente de las condiciones en las que le tocaría vivir si optaba por permanecer y eligió probar suerte en el extranjero. Así, Galíndez con ayuda económica de su padre, emprendió viaje a la República Dominicana.

Al cálculo por la República Dominicana le faltó un elemento clave: todavía no conocía al dictador local Rafael Leónidas Trujillo. En efecto, ni los exiliados españoles, ni los de ningún otro origen, hubieran optado en condiciones normales por ir a aquel país caribeño, pero en otoño de 1939 era prácticamente la única opción. México, generosa receptora hasta entonces, cerraba sus puertas y las demás repúblicas prácticamente nunca las habían abierto. No había más remedio que ir a la República Dominicana, y allí esperar la oportunidad para reemigrar a un destino mejor, o bien quedarse en Francia en un momento en el que ya había empezado la II Guerra Mundial. De esta forma, la República Dominicana se convirtió en la segunda receptora de exiliados españoles; exiliados que Trujillo deseaba para que colonizaran la frontera con Haití con el fin de blanquear la República Dominicana frente a la negra Haití.

Seis años permaneció Galíndez en el Caribe, tiempo en el que se dedicó a casi todo a lo que podía llegar, desde dar clases en la Escuela Consular y en la universidad hasta vender árboles de Navidad; desde ejercer de delegado del Gobierno vasco a informar al FBI del movimiento de barcos que servían a las potencias del Eje. También tuvo tiempo para escribir sobre Derecho y Literatura, además de publicar numerosos artículos en la prensa vasco-americana. Hizo de todo menos criticar la dictadura trujillista; su posición de exiliado extranjero en la isla no le permitía llegar tan lejos; por otra parte su objetivo era lograr un estatus intelectual de por sí difícil de lograr.

La oportunidad se le presentó a principios de 1946 cuando fue reclamado por el lehendakari Agirre desde Nueva York. Después de la II Guerra Mundial, la ciudad norteamericana se había convertido en el centro diplomático del mundo y era allí donde, en gran medida, se iba a dilucidar el futuro de la dictadura franquista y con ello el provenir de Euskadi. La delegación vasca de Nueva York, siempre a falta de personal cualificado, tenía varios frentes abiertos. Por una parte, las relaciones diplomáticas con las autoridades norteamericanas y el importante foro que en aquella época surgió con las Naciones Unidas; por otra parte, estaba el encargo que la Universidad de Columbia había hecho a Agirre de escribir una historia de Euskadi y, finalmente, el importante papel que jugaba la representación vasca en Nueva York en la financiación del entramado institucional vasco. A Galíndez, nada más llegar a la ciudad de los rascacielos, como experto en derecho y conocedor de la historia de Euskadi, le tocó acompañar a Agirre y a Antón Irala en sus contactos con la ONU y ayudar al lehendakari en la redacción del libro. Más tarde, cuando Agirre regresó a Europa y a Irala se le encomendaron nuevas funciones, quedó como único miembro de la delegación y encargado de todas sus misiones.

Crítica a las dictaduras

Pero, no por ello se desanimó. El salto del Caribe a Nueva York siempre lo entendió como una oportunidad en su carrera, una posibilidad de ascender. Así, sin olvidar sus actividades en la delegación y sus aficiones literarias, se planteó como objetivo ser profesor de la Universidad de Columbia. El primer intento fue acercarse a la importante institución académica de la mano del lehendakari, pero las circunstancias de la II Guerra Mundial que habían hecho posible la contratación de Agirre no se daban en 1946. Si Galíndez quería tener opciones de entrar en la Columbia debía doctorarse primero. El doctorado también era importante porque sin él su título español de Derecho era poco menos que papel mojado.

Galíndez, si durante los 6 años transcurridos en la República Dominicana no mostró ninguna crítica contra Trujillo y su régimen, aprovechó la libertad norteamericana para entrar en los ambientes latinos de Nueva York, los de la emigración económica y los del exilio político. De esta manera, el amurriotarra empezó a decir todo lo que había guardado para sí con anterioridad y criticar las dictaduras suramericanas, incluida la que mejor conocía, la dominicana. Además de informar sobre los disidentes latinos al FBI.

El conocimiento de primera mano que del régimen de Trujillo tenía, junto a la voluntad que tan directamente sentía de criticarlo, además de la necesidad que tenía de un doctorado para sus planes universitarios, llevaron a Galíndez a presentar el estudio de la dictadura dominicana como tema de su tesis. Presentada como proyecto en diciembre de 1953, para finales de 1955 estaba redactada y aceptada formalmente por la Universidad de Columbia a finales de febrero de 1956. Para entonces la suerte de Jesús Galíndez estaba echada. Trujillo conocía por sus agentes el proyecto del profesor vasco y aunque intentó comprarle no lo consiguió. No por eso se volvió atrás el dictador caribeño. Al contrario, no estaba acostumbrado a que le contradijeran y Trujillo debió pensar que lo que planeaba realizar con Galíndez no iba a ser diferente en nada a lo que ordenó hacer con José Almoina, exiliado gallego que colaboró con Trujillo y a quien ordenó asesinar en México.

Sin embargo, Trujillo, o sus agentes, se equivocaron en las circunstancias. No solo secuestraron en plena Quinta Avenida neoyorquina, poniendo de esta manera en apuros a las autoridades norteamericanas, sino que cuando el caso Galíndez empezó a ponerse feo para el dictador caribeño, éste emprendió una huida hacia adelante asesinando a participantes directos en la desaparición del delegado vasco, sin darse cuenta de que algunos de ellos eran ciudadanos norteamericanos. A la postre esta fue la línea roja que no debía haber traspasado el dictador y la que le llevó a ser depuesto y asesinado él mismo también.

En febrero de 1956 en la boca de metro neoyorquina desapareció un exiliado vasco llamado con toda seguridad a hacer importantes aportaciones intelectuales y políticas a favor de su país. Desde este punto de vista fue una gran pérdida. Sin embargo, sin restar gravedad a la desaparición, la obra y sacrificio de Galíndez devino en bien de toda la humanidad; denunció dos dictaduras particularmente crueles y su asesinato por los esbirros de una de ellas significó el inicio del fin del sátrapa Trujillo.

 

Este artículo fue publicado por primera vez en octubre de 2015 en el Diario Deia. http://www.deia.com/

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