La historia de las guerras la manipulan los vencedores

A las cuatro de la tarde de aquel 26 de abril, el cielo se cubrió de sombras, y 57 siluetas metálicas, portadoras de muerte, dieron inicio a uno de los más despiadados actos de desmedida crueldad de la historia de la humanidad.

En 1937, Gernika contaba con una población civil de 6.000 habitantes. El día del bombardeo esta cifra se multiplicó por dos, por la celebración del tradicional mercado. Por tanto, la cifra de testigos de la masacre superó los 10.000 civiles, de los cuales casi 2.000 fueron asesinados esa tarde, en nombre de la España una grande y libre y de sus aliados nazis.

Para los ejecutores de tal atrocidad, el bombardeo de Gernika fue una especie de macabro experimento. Hitler, pensando en su futura invasión de Europa, quería saber cuánto tiempo, bombas y munición necesitaba su aviación para reducir a la nada a una localidad, y aniquilar a la mayoría de su población civil. Ante este capricho de su admirado Fürer, la derecha española propuso que dicha prueba, se realizara tomando como cobayas humanas a la población civil vasca de la simbólica Gernika.

El infierno que vivieron aquellos pobres mártires inocentes lo desencadenaron, en nombre de España, 23 bombarderos Junkers 52, que era el avión preferido por Adolf Hitler; 6 Messerschmitt 109, que era uno de los cazas más modernos de la época; y junto a ellos, el siniestro séquito se completó con: 10 cazas Heinkel 51, 4 bombarderos Heinkel 111, y 1 bombardero ligero Dornier 17. La Italia fascista de Benito Mussolini aportó a la masacre 10 cazas Fiat CR 32, y 3 bombarderos Savoya-Marchetti S.M.81.

Desde las cuatro de la tarde hasta casi las ocho, estos asesinos fascistas se ensañaron con Gernika y con los hombres, mujeres, ancianos y niños que, impotentes y aterrorizados, corrían de un lado a otro, en busca de algún lugar de refugio que les regalara un instante más de vida. Pero todo anhelo de cobijo resultaba baldío. Las bombas incendiarias lanzadas por los atacantes reducían a escombros y consumían hasta los cimientos de cualquier construcción vertical alzada sobre el suelo de Gernika.

Durante las casi cuatro horas que duró el asedio, los inhumanos pilotos de aquellos cazas y bombarderos efectuaron incalculables pasadas de un lado a otro de la localidad. Querían deleitarse con su misión, realizándola con escrupulosa minuciosidad. Atacar a la población civil de una localidad sin defensas antiaéreas les proporcionó a aquellos verdugos malnacidos una tranquila y divertida tarde de asesinatos.

Tras descargar 30 toneladas de bombas, arrasar con toda Gernika y asesinar a cerca de 2.000 inocentes, los cuarenta cazas y bombarderos se alejaron, para poner rumbo a los aeródromos de Burgos y Gasteiz, en donde fueron recibidos como héroes por sus aliados españoles.

Sin embargo, algo le falló a la derecha española y a sus aliados nazis. Entre los testigos de la masacre, se encontraba el cronista británico George Steer, que se encargaría de contarle al mundo la verdad de lo sucedido.

Unos días después de arrasar Gernika, llegaron a sus escombros las tropas franquistas, y ahí comenzó a reescribirse la historia a capricho de los vencedores de aquella desigual guerra.

Durante los primeros años, se intentó colar que los vascos nos habíamos bombardeado a nosotros mismos. Pero en vista de que ni el más tonto de los ciudadanos españoles se tragaba aquello, el franquismo elaboró una nueva patraña, que aún hoy, en pleno siglo XXI, los españoles tienen la poca vergüenza de denominarla versión oficial.

Según esta falacia, a la que llaman versión oficial, Gernika fue bombardeada porque era un objetivo militar, y en su asedio apenas murieron poco más de cien personas.

Para desmontar esta estafa histórica, solo tenemos que ayudarnos de un poco de sentido común y hacer unos sencillos números.

Como he dicho anteriormente, a la población habitual de 6.000 habitantes residentes en Gernika, ese día se le sumaron otros tantos ciudadanos, llegados de otras localidades para visitar el mercado. Por tanto, tenemos un número de civiles no inferior a 10.000. El ataque comenzó a las cuatro de la tarde y finalizó faltando un cuarto de hora para las ocho de la tarde. Es decir, los aviones bombardearon Gernika durante 225 minutos. Si en el bombardeo participaron 57 cazas y bombarderos, eso, según la versión española, nos da una media de entre uno y dos ciudadanos muertos por cada avión. Si tenemos en cuenta que el bombardeo fue constante e ininterrumpido, ¿cómo iba cada avión a asesinar únicamente a uno o dos ciudadanos en casi cuatro horas? No olvidemos que los bombarderos descargaron 30 toneladas de bombas a la vez que los cazas se divertían haciendo vuelos rasantes para ametrallar a toda aquella pobre gente. Analizando esto, con un poco de lógica, la supuesta versión oficial de los cien muertos no se tiene en pie.

Aunque en nuestro tiempo también convive otra versión, defendida por la extrema derecha española, según la cual, el bombardeo de Gernika es un montaje del nacionalismo vasco y de la izquierda española. Y esto lo afirman los mismos que niegan la existencia del Holocausto y de los campos de concentración nazis. En la actual Alemania, afirmaciones de este tipo llevan a la cárcel a sus autores. En cambio, en España decir este tipo de salvajadas se considera algo normal, porque, no olvidemos, en el estado español actual los herederos ideológicos de los que ordenaron arrasar Gernika aún poseen un gran poder.

Al margen de mentiras y montajes, lo cierto es que los testigos supervivientes de aquella indiscriminada masacre les transmitieron a sus hijos y nietos que en aquella tarde se asesinó a 2.000 inocentes. Y esa es la única opinión válida. Lo demás no cuenta. Lo que puedan afirmar o negar seudohistoriadores y demás personajes que no estuvieron allí, no debe importarnos lo más mínimo. Si los supervivientes hablaron de 2.000 muertos, cualquier intento de rebatir esto es faltar al respeto a los que allí estuvieron, y deshonrar la memoria de los 2.000 asesinados por la derecha española en Gernika.

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