La rebelión de las ovejitas

La llegada del siglo XXI nos trajo a los europeos y a los americanos la imposición de una corriente de pensamiento llamada globalización. Como de costumbre, a los ciudadanos nadie nos preguntó. De repente, tanto los dirigentes de los más poderosos estados del mundo como sus gigantescos imperios mediáticos trataron de imponernos la idea de un mundo global en el que no habría espacio para los rasgos identitarios diferenciales.

Esa gran globalización pretendía convertirnos a todos en ovejas de un gran rebaño estandarizado, desprovisto de particularidades socioculturales.

El ser humano lleva en su instinto marcada la defensa de sus rasgos identitarios que le permiten posicionarse en el mundo para tratar de interpretar todo aquello que le rodea. Nuestra tierra, nuestra familia, la gente que nos rodea y nuestras tradiciones son indispensables para el desarrollo de una personalidad bien definida. Y si todo ello se diluyese en una gran sociedad globalizada, cada vez quedaría menos de nosotros. Y así es como lo están entendiendo muchos millones de ciudadanos en muchas partes del mundo.

El rechazo de los ciudadanos del Reino Unido a continuar formando parte de la Unión Europea y el apoyo de los votantes norteamericanos hacia Donald Trump no son casualidades. Es la respuesta, un tanto extrema, de millones de ciudadanos que están hartos de la imposición de esa globalización que pretendía y pretende robarnos nuestros rasgos identitarios como pueblos culturalmente y socialmente autónomos.

Tengo algunos conocidos británicos que me aseguran que tras el brexit se esconde el rechazo que siempre ha despertado la Unión Europea a los ciudadanos del Reino Unido. Ya en su momento se opusieron al uso del euro, y con el paso de los años llegaron a sentirse hastiados por la manera en la que la UE se inmiscuía en todos los asuntos británicos. Se pretendía forzar a los británicos a sentirse más europeos que británicos, pero los sentimientos no se pueden dominar a golpe de decreto desde Bruselas.

Un conocido de origen texano me dice que el éxito de Trump se basa en haber vuelto a reavivar el sentirse orgulloso de ser norteamericano. Me dice que por todo el país hacía ya muchos años que estaba creciendo el desánimo entre la gente norteamericana que sentía que su propia cultura y sus tradiciones se estaban diluyendo ante todo aquello que traía consigo la inmigración.

Por toda Europa y en Estados Unidos, los ciudadanos están apoyando con sus votos posturas rupturistas y, en algunos casos, incluso extremistas. Esa es la única respuesta que la gente ha encontrado para rebelarse contra la imposición de esa globalización que nos quería convertir en un impersonal rebaño de ovejas desprovistas de rasgos identitarios diferenciales. Si estamos involucionando poniendo nuestro destino en manos de necios como Donald Trump, es porque otros necios aún peores han querido forzar a la gente a ser lo que no quieren ser. La idea de imponer un mundo globalizado e impersonal es lo que ha hecho que la gente se lance a apoyar a todos aquellos que aún defienden sus propios rasgos identitarios diferenciales. A las personas nos gusta sentir que formamos parte de algo, no que somos una oveja balando en medio de un rebaño de siete mil millones de ovejas.

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