La última frontera

Hay personas que, en un vano intento de ridiculizar al pueblo vasco o al pueblo catalán, critican nuestras identidades nacionales, tachándolas de arcaicas y endogámicas. Argumentan que nosotros pretendemos separarnos de España para encerrarnos en nosotros mismos, e ir contra las modernas tendencias globalizadoras del siglo XXI que apuestan por una Europa sin fronteras. Sin embargo, esas mismas personas que nos acusan de querer encerrarnos en torno a nuestras fronteras son las que han llenado de fronteras a nuestro pueblo.

Esos que dicen defender un mundo global sin fronteras nos han impuesto una frontera que separa Nafarroa de Gipuzkoa, Bizkaia y Araba; otra frontera que separa a Iparralde de Gipuzkoa, Bizkaia y Araba; una tercera frontera que separa Nafarroa de Iparralde; una cuarta frontera que encierra a Bizkaia, Gipuzkoa, Araba y Nafarroa dentro de los límites territoriales del estado español; y una quinta frontera que encierra a los tres territorios de Iparralde en los límites territoriales del estado francés.

El contrasentido de estos planteamientos es más que obvio. Si los vascos decimos que queremos una Euskadi reconocida como nación europea y sin fronteras, entonces nos llaman antiguos, separatistas y endogámicos. En cambio mantener las cinco fronteras impuestas por España y Francia, según los políticos españoles, es una idea moderna y globalizadora. Según ellos, apostar por una nación vasca unida e integrada en Europa es una idea decimonónica, pero apostar por la imposibilidad de ir más allá de las fronteras de la España una y grande al parecer es un planteamiento de lo más actual y vanguardista.

La realidad es que, le pese a quien le pese, aquel viejo concepto geopolítico franquista de la España una y grande ha tenido mucho mayor calado social del que los españoles quieren admitir. Aún sigue muy vigente entre la mayoría de la población estatal y de sus representantes políticos.

Los dirigentes políticos españoles, en lo referente a Euskadi y Catalunya, caen constantemente en el error de defender a la vez dos conceptos antagónicos. Hablan de fomentar la unidad para favorecer la globalización de Europa, y al minuto siguiente apoyan esta globalización sobre las fronteras impuestas por el viejo concepto de la España una y grande. O se apuesta por la globalización sin fronteras intraspasables, o se apuesta por las fronteras impuestas por el concepto geopolítico de la indivisibilidad de la España del siglo XX. Defender ambas opciones no es más que un simple ejercicio de cinismo político.

No es asumible ni aceptable que aquellos que han desunido al pueblo vasco, dividiéndonos con cinco fronteras, vengan ahora hablándonos de unidad y modernidad globalizadora.

En realidad toda esta propaganda barata obedece al intento de vender la malintencionada idea de que sentirse español es formar parte del siglo XXI, mientras que sentirse vasco o catalán es pertenecer al siglo XIX. No es más que una vulgar estrategia de presión sobre nuestros ciudadanos para hacer que crean que apostar por una nación vasca o una nación catalana es una postura retrógrada y separatista, mientras que apostar por España es formar parte de un mundo unido.

A las vascas y a los vascos debe concedérsenos el derecho a decidir qué fronteras son traspasables y cuáles no. Vivimos cercados y acorralados por cinco fronteras sobre las que nunca se nos ha permitido decidir si las aceptamos o no. Y lo cierto es que la mayoría de nosotros queremos traspasarlas, para que los límites geográficos de Europa sean nuestra única frontera, nuestra última frontera.

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