Nunca segundas partes fueron buenas

Tras las elecciones generales celebradas el 26 de junio de 2016, el Congreso de los Diputados queda configurado por 137 escaños para el PP, 85 para el PSOE, 71 para Podemos-IU, 32 para Ciudadanos, 9 para ERC, 8 para CDC, 5 para el PNV, 2 para EH Bildu y 1 para Coalición Canaria. Y con respecto al Senado, clave para una hipotética reforma constitucional, el PP ha obtenido la mayoría absoluta, logrando 130 escaños de los 208 existentes.

Haciendo una comparativa con los datos de las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, el PP es el único partido que ha subido en escaños, pasando de 123 a 137, recuperando a medio millón de votantes que en diciembre prefirieron votar a Ciudadanos. El PSOE ha bajado de 90 a 85, consiguiendo así el peor resultado de su historia gracias a su nefasto candidato, Pedro Sánchez. Ciudadanos ha bajado de 40 a 32, perdiendo a casi medio millón de votantes que han preferido volver a votar al PP. El PNV ha perdido uno de sus escaños en Bizkaia, volviendo a los 5 que ya se tenían antes de las elecciones del 20 de diciembre de 2015. Las demás fuerzas políticas se han quedado con el mismo número de escaños que obtuvieron ya hace seis meses. La unión entre Podemos e Izquierda Unida los ha dejado con los mismos 71 escaños que tenían, ERC sigue con 9, CDC continúa con 8, EH Bildu se mantiene con 2 y Coalición Canaria mantiene su único escaño.

Al final, la ambición desmedida de Pablo Iglesias ha resucitado a Mariano Rajoy. Después de las elecciones de diciembre de 2015, todo parecía indicar que en el gobierno del estado español se iba a producir un cambio. El PP saldría del gobierno y la carrera política de Rajoy llegaría a su punto final. Sin embargo, Pablo Iglesias, que se considera a sí mismo el niño más listo de la clase, fabricó en su mente un cuento de la lechera para llegar a ser presidente. Pondría toda clase de condiciones inasumibles al PSOE para evitar formalizar con los socialistas un pacto de gobierno, forzando así unas segundas elecciones. Luego, concurriría a esas segundas elecciones en coalición con Izquierda Unida para convertir a Podemos en la segunda fuerza más votada. Una vez conseguido ese segundo puesto, convencería al PSOE, a los partidos vascos y a los partidos catalanes para que lo apoyasen en el proceso de investidura para convertirse en presidente de España. Pero el cuento de la lechera siempre termina con la leche derramada, y el 26 de junio más de un millón de españoles de izquierdas, que habían votado en diciembre, prefirieron en esta ocasión no votar. Finalmente, el rotundo fracaso de Podemos, junto con la vuelta al redil del PP de más de medio millón de votantes huidos en diciembre, ha resucitado a Rajoy, dejándolo muy cerca de la presidencia. Todo por culpa de la ambición sin límites de Pablo Iglesias y la torpeza desmedida del socialista Pedro Sánchez.

Con el PP fortalecido como primera fuerza en el Congreso, con Rajoy envalentonado y con los populares controlando el Senado por mayoría absoluta, se hace casi impensable que vaya a afrontarse la profunda reforma constitucional que necesita el estado español. De nuevo, como siempre, se seguirá censurando el derecho a decidir del pueblo vasco y del pueblo catalán, y se continuará negando el reconocimiento de la nación vasca y de la nación catalana. La triste realidad es que, mientras que algunos políticos españoles comenzaban a hablar de crear un estado plurinacional, la mayoría de ciudadanos españoles han decidido otorgar el triunfo en las urnas al PP de la España una, grande y rancia.

En un delirante alarde de incongruencia, los españoles han apoyado con sus votos de manera mayoritaria al PP de Mariano Rajoy, al mismo tiempo que declaran en los sondeos del CIS que una de sus mayores preocupaciones es la corrupción política. El PP es el partido político europeo con más escándalos de presunta corrupción a sus espaldas, y los ciudadanos españoles han querido castigarlo, otorgándole un rotundo triunfo electoral. ¿Quién entiende esto? A más corrupción, más votantes.

Aunque resulte difícil de creer y de explicar, 7.906.185 ciudadanos españoles han votado al PP, premiando sus políticas de recortes y sus constantes macroescándalos de presunta corrupción.

Lo sucedido en las urnas españolas el domingo 26 de junio de 2016 constituye una nueva evidencia de que a los vascos y a los españoles, sociológicamente hablando, nos separa un mundo. Si un partido político vasco tuviese a la mayoría de sus dirigentes involucrados en presuntos chanchullos de corrupción, la ciudadanía vasca le daría la espalda en las urnas. Ese partido estaría acabado. En Euskadi a más corrupción, menos votos.

El pueblo español resulta desconcertante. Estoy seguro de que esas 7.906.185 personas que han votado al PP se pasan la vida criticando a los partidos políticos por sus escándalos de corrupción, pero luego votan lo que votan. ¿Cómo se entiende eso?

Y si desconcertantes resultan los votantes españoles de derechas, no menos desconcertantes resultan los españoles de izquierdas. Tras dos años hablando de desalojar a Rajoy del poder, cuando llegó el día de acudir a las urnas, los españoles de izquierdas prefirieron aprovechar el soleado domingo veraniego para irse a la playa, haciendo que el PSOE baje hasta los 85 escaños y que la coalición entre Podemos e Izquierda Unida fracase quedándose con los 71 escaños que ya sumaban en diciembre. Los partidos españoles de izquierdas no solo no han subido lo que las encuestas pronosticaban, sino que además han perdido más de un millón de votantes en relación a las elecciones de diciembre de 2015. Tanto clamar y clamar por el cambio, para terminar optando por la abstención.

Analizando los resultados de las elecciones generales de junio de 2016, es inevitable acordarse del genial Groucho Marx cuando en una de sus películas decía aquello de: «Es tan sencillo de entender que hasta un niño de cinco años lo comprendería. Por favor, que alguien me traiga a un niño de cinco años para que me lo explique».

 

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